sábado, 24 de agosto de 2013

Harry Potter y la cámara secreta ϟ Capitulo 9; La inscripción en el muro

9
La inscripción en el muro


—¿Qué pasa aquí? ¿Qué pasa?
Atraído sin duda por el grito de Malfoy, Argus Filch se abría paso a empujones. Vio a la Señora Norris y se echó atrás, llevándose horrorizado las manos a la cara.
—¡Mi gata! ¡Mi gata! ¿Qué le ha pasado a la Señora No­rris? —chilló. Con los ojos fuera de las órbitas, se fijó en Harry—. ¡Tú! —chilló—. ¡Tú! ¡Tú has matado a mi gata! ¡Tú la has matado! ¡Y yo te mataré a ti! ¡Te...!
—¡Argus!
Había llegado Dumbledore, seguido de otros profesores. En unos segundos, pasó por delante de Harry, Ron y Her­mione y sacó a la Señora Norris de la argolla.
—Ven conmigo, Argus —dijo a Filch—. Vosotros tam­bién, Potter, Weasley y Granger.
Lockhart se adelantó algo asustado.
—Mi despacho es el más próximo, director, nada más subir las escaleras. Puede disponer de él.
—Gracias, Gilderoy —respondió Dumbledore.
La silenciosa multitud se apartó para dejarles paso. Lockhart, nervioso y dándose importancia, siguió a Dum­bledore a paso rápido; lo mismo hicieron la profesora McGonagall y el profesor Snape.
Cuando entraron en el oscuro despacho de Lockhart, hubo gran revuelo en las paredes; Harry se dio cuenta de que algunas de las fotos de Lockhart se escondían de la vis­ta, porque llevaban los rulos puestos. El Lockhart de carne y hueso encendió las velas de su mesa y se apartó. Dumble­dore dejó a laSeñora Norris sobre la pulida superficie y se puso a examinarla. Harry, Ron y Hermione intercambiaron tensas miradas y, echando una ojeada a los demás, se sen­taron fuera de la zona iluminada por las velas.
Dumbledore acercó la punta de su nariz larga y gan­chuda a una distancia de apenas dos centímetros de la piel de la Señora Norris. Examinó el cuerpo de cerca con sus lentes de media luna, dándole golpecitos y reconociéndolo con sus largos dedos. La profesora McGonagall estaba casi tan inclinada como él, con los ojos entornados. Snape estaba muy cerca detrás de ellos, con una expresión peculiar, como si es­tuviera haciendo grandes esfuerzos para no sonreír. Y Lock­hart rondaba alrededor del grupo, haciendo sugerencias.
—Puede concluirse que fue un hechizo lo que le produjo la muerte..., quizá la Tortura Metamórfica. He visto muchas veces sus efectos. Es una pena que no me encontrara allí, porque conozco el contrahechizo que la habría salvado.
Los sollozos sin lágrimas, convulsivos, de Filch acom­pañaban los comentarios de Lockhart. El conserje se des­plomó en una silla junto a la mesa, con la cara entre las manos, incapaz de dirigir la vista a la Señora Norris. Pese a lo mucho que detestaba a Filch, Harry no pudo evitar sentir compasión por él, aunque no tanta como la que sentía por sí mismo. Si Dumbledore creía a Filch, lo expulsarían sin nin­guna duda.
Dumbledore murmuraba ahora extrañas palabras en voz casi inaudible. Golpeó a laSeñora Norris con su varita, pero no sucedió nada; parecía como si acabara de ser disecada.
—... Recuerdo que sucedió algo muy parecido en Uaga­dugú —dijo Lockhart—, una serie de ataques. La historia completa está en mi autobiografía. Pude proveer al poblado de varios amuletos que acabaron con el peligro inmediata­mente.
Todas las fotografías de Lockhart que había en las pare­des movieron la cabeza de arriba abajo confirmando lo que éste decía. A una se le había olvidado quitarse la redecilla del pelo.
Finalmente, Dumbledore se incorporó.
—No está muerta, Argus —dijo con cautela.
Lockhart interrumpió de repente su cálculo del número de asesinatos evitados por su persona.
—¿Que no está muerta? —preguntó Filch entre sollo­zos, mirando por entre los dedos a la Señora Norris—. ¿Y por qué está rígida?
—La han petrificado —explicó Dumbledore.
—Ah, ya me parecía a mí... —dijo Lockhart.
—Pero no podría decir como...
—¡Pregúntele! —chilló Filch, volviendo a Harry su cara con manchas y llena de lágrimas.
—Ningún estudiante de segundo curso podría haber hecho esto —dijo Dumbledore con firmeza—. Es magia ne­gra muy avanzada.
—¡Lo hizo él! —saltó Filch, y su hinchado rostro enroje­ció—. ¡Ya ha visto lo que escribió en el muro! Él encontró... en la conserjería... Sabe que soy, que soy un...         —Filch hacía unos gestos horribles—. ¡Sabe que soy un squib! —concluyó.
—¡No he tocado a la Señora Norris! —dijo Harry con voz potente, sintiéndose incómodo al notar que todos lo mi­raban, incluyendo los Lockhart que había en las paredes—. Y ni siquiera sé lo que es un squib.
—¡Mentira! —gruñó Filch—. ¡Él vio la carta de Embru­jorrápid!
—Si se me permite hablar, señor director —dijo Snape desde la penumbra, y Harry se asustó aún más, porque es­taba seguro de que Snape no diría nada que pudiera beneficiarle—, Potter y sus amigos simplemente podrían haber­se encontrado en el lugar menos adecuado en el momento menos oportuno —dijo, aunque con una leve expresión de desprecio en los labios, como silo pusiera en duda—; sin em­bargo, aquí tenemos una serie de circunstancias sospecho­sas: ¿por qué se encontraban en el corredor del piso supe­rior? ¿Por qué no estaban en la fiesta de Halloween?
Harry, Ron y Hermione se pusieron a dar a la vez una explicación sobre la fiesta de cumpleaños de muerte.
—... había cientos de fantasmas que podrán testificar que estábamos allí.
—Pero ¿por qué no os unisteis a la fiesta después? —preguntó Snape. Los ojos negros le brillaban a la luz de las velas—. ¿Por qué subisteis al corredor?
Ron y Hermione miraron a Harry.
—Porque..., porque... —dijo Harry, con el corazón latién­dole a toda prisa; algo le decía que parecería muy rebuscado si explicaba que lo había conducido hasta allí una voz que no salía de ningún sitio y que nadie sino él había podido oír—, porque estábamos cansados y queríamos ir a la cama —dijo.
—¿Sin cenar? —preguntó Snape. Una sonrisa de triunfo había aparecido en su adusto rostro—. No sabía que los fan­tasmas dieran en sus fiestas comida buena para los vivos.
—No teníamos hambre —dijo Ron con voz potente, y las tripas le rugieron en aquel preciso instante.
La desagradable sonrisa de Snape se ensanchó más.
—Tengo la impresión, señor director, de que Potter no está siendo completamente sincero —dijo—. Podría ser una buena idea privarle de determinados privilegios hasta que se avenga a contarnos toda la verdad. Personalmente, creo que debería ser apartado del equipo de quidditch de Gryffindor hasta que decida no mentir.
—Francamente, Severus —dijo la profesora McGona­gall bruscamente—, no veo razón para que el muchacho deje de jugar alquidditch. Este gato no ha sido golpeado en la ca­beza con el palo de una escoba. No tenemos ninguna prueba de que Potter haya hecho algo malo.
Dumbledore miraba a Harry de forma inquisitiva. Ante los vivos ojos azul claro del director, Harry se sentía como si le examinaran por rayos X.
—Es inocente hasta que se demuestre lo contrario, Se­verus —dijo con firmeza.
Snape parecía furioso. Igual que Filch.
—¡Han petrificado a mi gata! —gritó. Tenía los ojos de­sorbitados—. ¡Exijo que se castigue a los culpables!
—Podremos curarla, Argus —dijo Dumbledore armándo­se de paciencia—. La señora Sprout ha conseguido mandrá­goras recientemente. En cuanto hayan crecido, haré una poción con la que revivir a laSeñora Norris.
—La haré yo —acometió Lockhart—. Creo que la he pre­parado unas cien veces, podría hacerla hasta dormido.
—Disculpe —dijo Snape con frialdad—, pero creo que el profesor de Pociones de este colegio soy yo.
Hubo un silencio incómodo.
—Podéis iros —dijo Dumbledore a Harry, Ron y Her­mione.
Se fueron deprisa pero sin correr. Cuando estuvieron un piso más arriba del despacho de Lockhart, entraron en un aula vacía y cerraron la puerta con cuidado. Harry miró las caras ensombrecidas de sus amigos.
—¿Creéis que tendría que haberles hablado de la voz que oí?
—No —dijo Ron sin dudar—. Oír voces que nadie puede oír no es buena señal, ni siquiera en el mundo de los magos.
Había algo en la voz de Ron que hizo que Harry le pre­guntase:
—Tú me crees, ¿verdad?
—Por supuesto —contestó Ron rápidamente—. Pero... tienes que admitir que parece raro...
—Sí, ya sé que parece raro —admitió Harry—. Todo el asunto es muy raro. ¿Qué era lo que estaba escrito en el muro? «La cámara ha sido abierta.» ¿Qué querrá decir?
—El caso es que me suena un poco —dijo Ron despa­cio—. Creo que alguien me contó una vez una historia de que había una cámara secreta en Hogwarts...; a lo mejor fue Bill.
—¿Y qué demonios es un squib? —preguntó Harry.
Para sorpresa de Harry, Ron ahogó una risita.
—Bueno, no es que sea divertido realmente... pero tal como es Filch... —dijo—. Un squib es alguien nacido en una familia de magos, pero que no tiene poderes mágicos. Todo lo contrario a los magos hijos de familia muggle, sólo que los squibs son casos muy raros. Si Filch está tratando de apren­der magia mediante un curso deEmbrujorrápid, seguro que es un squib. Eso explica muchas cosas, como que odie tanto a los estudiantes. —Ron sonrió con satisfacción—. Es un amargado.
De algún lugar llegó el sonido de un reloj.
—Es medianoche —señaló Harry—. Es mejor que nos vayamos a dormir antes de que Snape nos encuentre y quie­ra acusarnos de algo más.


Durante unos días, en la escuela no se habló de otra cosa que de lo que le habían hecho a la Señora Norris. Filch man­tenía vivo el recuerdo en la memoria de todos haciendo guardia en el punto en que la habían encontrado, como si pensara que el culpable volvería al escenario del crimen. Harry le había visto fregar la inscripción del muro con el Quitamanchas mágico multiusos de la señora Skower, pero no había servido de nada: las palabras seguían tan brillan­tes como el primer día. Cuando Filch no vigilaba el escena­rio del crimen, merodeaba por los corredores con los ojos en­rojecidos, ensañándose con estudiantes que no tenían ninguna culpa e intentando castigarlos por faltas imagina­rias como «respirar demasiado fuerte» o «estar contento».
Ginny Weasley parecía muy afectada por el destino de la Señora Norris. Según Ron, era una gran amante de los gatos.
—Pero si no conocías a la Señora Norris—le dijo Ron para animarla—. La verdad es que estamos mucho mejor sin ella. —A Ginny le tembló el labio—. Cosas como éstas no suelen suceder en Hogwarts. Atraparán al que haya sido y lo echarán de aquí inmediatamente. Sólo espero que le dé tiem­po a petrificar a Filch antes de que lo expulsen. Esto es bro­ma... —añadió apresuradamente, al ver que Ginny se ponía blanca.
Aquel acto vandálico también había afectado a Hermio­ne. Ya era habitual en ella pasar mucho tiempo leyendo, pero ahora prácticamente no hacía otra cosa. Cuando le pre­guntaban qué buscaba, no obtenían respuesta, y tuvieron que esperar al miércoles siguiente para enterarse.
Harry se había tenido que quedar después de la clase de Pociones, porque Snape le había mandado limpiar los gusa­nos de los pupitres. Tras comer apresuradamente, subió para encontrarse con Ron en la biblioteca, donde vio a Jus­tin Finch-Fletchey, el chico de la casa de Hufflepuff con el que coincidían en Herbología, que se le acercaba. Harry aca­baba de abrir la boca para decir «hola» cuando Justin lo vio, cambió de repente de rumbo y se marchó deprisa en sentido opuesto.
Harry encontró a Ron al fondo de la biblioteca, midien­do sus deberes de Historia de la Magia. El profesor Binns les había mandado un trabajo de un metro de largo sobre «La Asamblea Medieval de Magos de Europa».
—No puede ser, todavía me quedan veinte centímetros... —dijo furioso Ron soltando el pergamino, que recuperó su forma de rollo— y Hermione ha llegado al metro y medio con su letra diminuta.
—¿Dónde está? —preguntó Harry, cogiendo la cinta métrica y desenrollando su trabajo.
—En algún lado por allá —respondió Ron, señalando hacia las estanterías—. Buscando otro libro. Creo que quie­re leerse la biblioteca entera antes de Navidad.
Harry le contó a Ron que Justin Finch-Fletchey lo ha­bía esquivado y se había alejado de él a toda prisa.
—No sé por qué te preocupa, si siempre has pensado que era un poco idiota —dijo Ron, escribiendo con la letra más grande que podía—. Todas esas tonterías sobre lo maravilloso que es Lockhart...
Hermione surgió de entre las estanterías. Parecía dis­gustada pero dispuesta a hablarles por fin.
—No queda ni uno de los ejemplares que había en el co­legio; se han llevado laHistoria de Hogwarts —dijo, sentán­dose junto a Harry y Ron—. Y hay una lista de espera de dos semanas. Lamento haberme dejado en casa mi ejemplar, pero con todos los libros de Lockhart, no me cabía en el baúl.
—¿Para qué lo quieres? —le preguntó Harry.
—Para lo mismo que el resto de la gente —contestó Hermione—: para leer la leyenda de la Cámara de los Se­cretos.
—¿Qué es eso? —preguntó Harry al instante.
—Eso quisiera yo saber. Pero no lo recuerdo —contestó Hermione, mordiéndose el labio—. Y no consigo encontrar la historia en ningún otro lado.
—Hermione, déjame leer tu trabajo —le pidió Ron de­sesperado, mirando el reloj.
—No, no quiero —dijo Hermione, repentinamente seve­ra—. Has tenido diez días para acabarlo.
—Sólo me faltan seis centímetros, venga.
Sonó la campana. Ron y Hermione se encaminaron al aula de Historia de la Magia, discutiendo.
Historia de la Magia era la asignatura más aburrida de todas. El profesor Binns, que la impartía, era el único profe­sor fantasma que tenían, y lo más emocionante que sucedía en sus clases era su entrada en el aula, a través de la piza­rra. Viejo y consumido, mucha gente decía de él que no se había dado cuenta de que se había muerto. Simplemente, un día se había levantado para ir a dar clase, y se había de­jado el cuerpo en una butaca, delante de la chimenea de la sala de profesores. Desde entonces, había seguido la misma rutina sin la más leve variación.
Aquel día fue igual de aburrido. El profesor Binns abrió sus apuntes y los leyó con un sonsonete monótono, como el de una aspiradora vieja, hasta que casi toda la clase hubo entra­do en un sopor profundo, sólo alterado de vez en cuando el tiempo suficiente para tomar nota de un nombre o de una fe­cha, y volver a adormecerse. Llevaba una media hora hablan­do cuando ocurrió algo insólito: Hermione alzó la mano.
El profesor Binns, levantando la vista a mitad de una lección horrorosamente aburrida sobre la Convención Inter­nacional de Brujos de 1289, pareció sorprendido.
—¿Señorita...?
—Granger, profesor. Pensaba que quizá usted pudiera hablarnos sobre la Cámara de los Secretos —dijo Hermione con voz clara.
Dean Thomas, que había permanecido boquiabierto, mirando por la ventana, salió de su trance dando un respin­go. Lavender Brown levantó la cabeza y a Neville le resbaló el codo de la mesa.
El profesor Binns parpadeó.
—Mi disciplina es la Historia de la Magia —dijo con su voz seca, jadeante—. Me ocupo de los hechos, señorita Granger, no de los mitos ni de las leyendas. —Se aclaró la garganta con un pequeño ruido que fue como un chirrido de tiza, y prosiguió—: En septiembre de aquel año, un sub­comité de hechiceros sardos...
Balbució y se detuvo. De nuevo, en el aire, se agitaba la mano de Hermione.
—¿Señorita Grant?
—Disculpe, señor, ¿no tienen siempre las leyendas una base real?
El profesor Binns la miraba con tal estupor, que Harry adivinó que ningún estudiante lo había interrumpido nun­ca, ni estando vivo ni estando muerto.
—Veamos —dijo lentamente el profesor Binns—, sí, creo que eso se podría discutir. —Miró a Hermione como si nunca hubiera visto bien a un estudiante—. Sin embargo, la leyen­da por la que usted me pregunta es una patraña hasta tal punto exagerada, yo diría incluso absurda...
La clase entera estaba ahora pendiente de las palabras del profesor Binns; éste miró a sus alumnos y vio que todas las caras estaban vueltas hacia él. Harry se sentía completamente desconcertado al ver unas muestras de interés tan inusitadas.
—Muy bien —dijo despacio—. Veamos... la Cámara de los Secretos... Todos ustedes saben, naturalmente, que Hog­warts fue fundado hace unos mil años (no sabemos con cer­teza la fecha exacta) por los cuatro brujos más importantes de la época. Las cuatro casas del colegio reciben su nombre de ellos: Godric Gryffindor, Helga Hufflepuff, Rowena Ravenclaw y Salazar Slytherin. Los cuatro juntos construyeron este cas­tillo, lejos de las miradas indiscretas de los muggles, dado que aquélla era una época en que la gente tenía miedo a la magia, y los magos y las brujas sufrían persecución.
Se detuvo, miró a la clase con los ojos empañados y con­tinuó:
—Durante algunos años, los fundadores trabajaron con­juntamente en armonía, buscando jóvenes que dieran mues­tras de aptitud para la magia y trayéndolos al castillo para educarlos. Pero luego surgieron desacuerdos entre ellos y se produjo una ruptura entre Slytherin y los demás. Slytherin deseaba ser más selectivo con los estudiantes que se admi­tían en Hogwarts. Pensaba que la enseñanza de la magia de­bería reservarse para las familias de magos. Lo desagradaba tener alumnos de familia muggle, porque no los creía dignos de confianza. Un día se produjo una seria disputa al respecto entre Slytherin y Gryffindor, y Slytherin abandonó el colegio.
El profesor Binns se detuvo de nuevo y frunció la boca, como una tortuga vieja llena de arrugas.
—Esto es lo que nos dicen las fuentes históricas fidedig­nas —dijo—, pero estos simples hechos quedaron ocultos tras la leyenda fantástica de la Cámara de los Secretos. La leyenda nos dice que Slytherin había construido en el casti­llo una cámara oculta, de la que no sabían nada los otros fun­dadores.
»Slytherin, según la leyenda, selló la Cámara de los Se­cretos para que nadie la pudiera abrir hasta que llegara al colegio su auténtico heredero. Sólo el heredero podría abrir la Cámara de los Secretos, desencadenar el horror que contiene y usarlo para librar al colegio de todos los que no tie­nen derecho a aprender magia.
Cuando terminó de contar la historia, se hizo el silencio, pero no era el silencio habitual, soporífero, de las clases del profesor Binns. Flotaba en el aire un desasosiego, y todo el mundo le seguía mirando, esperando que continuara. El profesor Binns parecía levemente molesto.
—Por supuesto, esta historia es un completo disparate —añadió—. Naturalmente, el colegio entero ha sido regis­trado varias veces en busca de la cámara, por los magos me­jor preparados. No existe. Es un cuento inventado para asustar a los crédulos.
Hermione volvió a levantar la mano.
—Profesor..., ¿a qué se refiere usted exactamente al de­cir «el horror que contiene» la cámara?
—Se cree que es algún tipo de monstruo, al que sólo po­drá dominar el heredero de Slytherin —explicó el profesor Binns con su voz seca y aflautada.
La clase intercambió miradas nerviosas.
—Pero ya les digo que no existe —añadió el profesor Binns, revolviendo en sus apuntes—. No hay tal cámara ni tal monstruo.
—Pero, profesor —comentó Seamus Finnigan—, si sólo el auténtico heredero de Slytherin puede abrir la cámara, nadie más podría encontrarla, ¿no?
—Tonterías, O’Flaherty —repuso el profesor Binns en tono algo airado—, si una larga sucesión de directores de Hogwarts no la han encontrado...
—Pero, profesor —intervino Parvati Patil—, probable­mente haya que emplear magia negra para abrirla...
—El hecho de que un mago no utilice la magia negra no quiere decir que no pueda emplearla, señorita Patati —le interrumpió el profesor Binns—. Insisto, si los predecesores de Dumbledore...
—Pero tal vez sea preciso estar relacionado con Slythe­rin, y por eso Dumbledore no podría... —apuntó Dean Tho­mas, pero el profesor Binns ya estaba harto.
—Ya basta —dijo bruscamente—. ¡Es un mito! ¡No existe! ¡No hay el menor indicio de que Slytherin constru­yera semejante cuarto trastero! Me arrepiento de haberles relatado una leyenda tan absurda. Ahora volvamos, por fa­vor, a la historia, a los hechos evidentes, creíbles y compro­bables.
Y en cinco minutos, la clase se sumergió de nuevo en su sopor habitual.

·   ·   ·

—Ya sabía que Salazar Slytherin era un viejo chiflado y re­torcido —dijo Ron a Harry y Hermione, mientras se abrían camino por los abarrotados corredores al término de las cla­ses, para dejar las bolsas en la habitación antes de ir a ce­nar—. Pero lo que no sabía es que hubiera sido él quien empezó todo este asunto de la limpieza de sangre. No me quedaría en su casa aunque me pagaran. Sinceramente, si el Sombrero Seleccionador hubiera querido mandarme a Slytherin, yo me habría vuelto derecho a casa en el tren.
Hermione asintió entusiasmada con la cabeza, pero Ha­rry no dijo nada. Tenía el corazón encogido de la angustia.
Harry no había dicho nunca a Ron y Hermione que el Sombrero Seleccionador había considerado seriamente la posibilidad de enviarlo a Slytherin. Recordaba, como si hu­biera ocurrido el día anterior, la vocecita que le había habla­do al oído cuando, un año antes, se había puesto el Sombre­ro Seleccionador.

Podrías ser muy grande, ¿sabes?, lo tienes todo en tu cabeza y Slytherin te ayudaría en el camino hacia la grandeza. No hay dudas, ¿verdad?

Pero Harry, que ya conocía la reputación de la casa de Slytherin por los brujos de magia negra que salían de ella, había pensado desesperadamente «¡Slytherin no!», y el som­brero había terminado diciendo:

Bueno, si estás seguro, mejor que seas ¡GRYF­FINDOR!

Mientras caminaban empujados por la multitud, pasó Colin Creevey.
—¡Eh, Harry!
—¡Hola, Colin! —dijo Harry sin darse cuenta.
—Harry, Harry.., en mi clase un chaval ha estado di­ciendo que tú eres...
Pero Colin era demasiado pequeño para luchar contra la marea de gente que lo llevaba hacia el Gran Comedor. Le oyeron chillar:
—¡Hasta luego, Harry! —Y desapareció.
—¿Qué es lo que dice sobre ti un chaval de su clase? —preguntó Hermione.
—Que soy el heredero de Slytherin, supongo —dijo Harry, y el corazón se le encogió un poco más al recordar cómo lo ha­bía rehuido Justin Finch-Fletchley a la hora de la comida.
—La gente aquí es capaz de creerse cualquier cosa —dijo Ron, con disgusto.
La masa de alumnos se aclaró, y consiguieron subir sin dificultad al siguiente rellano.
—¿Crees que realmente hay una Cámara de los Secre­tos? —preguntó Ron a Hermione.
—No lo sé —respondió ella, frunciendo el entrecejo—. Dumbledore no fue capaz de curar a la Señora Norris, y eso me hace sospechar que quienquiera que la atacase no debía de ser..., bueno..., humano.
Al doblar la esquina se encontraron en un extremo del mismo corredor en que había tenido lugar la agresión. Se detuvieron y miraron. El lugar estaba tal como lo habían encontrado aquella noche, salvo que ningún gato tieso col­gaba de la argolla en que se fijaba la antorcha, y que había una silla apoyada contra la pared del mensaje: «La cámara ha sido abierta.»
—Aquí es donde Filch ha estado haciendo guardia —dijo Ron.
Se miraron unos a otros. El corredor se encontraba de­sierto.
—No hay nada malo en echar un vistazo —dijo Harry, dejando la bolsa en el suelo y poniéndose a gatear en busca de alguna pista.
—¡Esto está chamuscado! —dijo—. ¡Aquí... y aquí!
—¡Ven y mira esto! —dijo Hermione—. Es extraño.
Harry se levantó y se acercó a la ventana más próxima a la inscripción de la pared. Hermione señalaba al cristal superior, por donde una veintena de arañas estaban escabulléndose, según parecía tratando de penetrar por una pe­queña grieta en el cristal. Un hilo largo y plateado colgaba como una soga, y daba la impresión de que las arañas lo ha­bían utilizado para salir apresuradamente.
—¿Habíais visto alguna vez que las arañas se compor­taran así? —preguntó Hermione, perpleja.
—Yo no —dijo Harry—. ¿Y tú, Ron? ¿Ron?
Volvió la cabeza hacia su amigo. Ron había retrocedi­do y parecía estar luchando contra el impulso de salir co­rriendo.
—¿Qué pasa? —le preguntó Harry.
—No... no me gustan... las arañas —dijo Ron, nervioso.
—No lo sabía —dijo Hermione, mirando sorprendida a Ron—. Has usado arañas muchas veces en la clase de Po­ciones...
—Si están muertas no me importa —explicó Ron, quien tenía la precaución de mirar a cualquier parte menos a la ventana—. No soporto la manera en que se mueven.
Hermione soltó una risita tonta.
—No tiene nada de divertido —dijo Ron impetuosa­mente—. Si quieres saberlo, cuando yo tenía tres años, Fred convirtió mi... mi osito de peluche en una araña grande y as­querosa porque yo le había roto su escoba de juguete. A ti tampoco te harían gracia si estando con tu osito, le hubieran salido de repente muchas patas y...
Dejó de hablar, estremecido. Era evidente que Hermio­ne seguía aguantándose la risa. Pensando que sería mejor cambiar de tema, Harry dijo:
—¿Recordáis toda aquella agua en el suelo? ¿De dónde vendría? Alguien ha pasado la fregona.
—Estaba por aquí —dijo Ron, recobrándose y caminan­do unos pasos más allá de la silla de Filch para indicárse­lo—, a la altura de esta puerta.
Asió el pomo metálico de la puerta, pero retiró la mano inmediatamente, como si se hubiera quemado.
—¿Qué pasa? —preguntó Harry
—No puedo entrar ahí —dijo Ron bruscamente—, es un aseo de chicas.
—Pero Ron, si no habrá nadie dentro —dijo Hermione, poniéndose derecha y acercándose—; aquí es donde está Myrtle la Llorona. Venga, echemos un vistazo.
Y sin hacer caso del letrero de «No funciona», Hermione abrió la puerta.
Era el cuarto de baño más triste y deprimente en que Harry había puesto nunca los pies. Debajo de un espejo gran­de, quebrado y manchado, había una fila de lavabos de pie­dra en muy mal estado. El suelo estaba mojado y reflejaba la luz triste que daban las llamas de unas pocas velas que se con­sumían en sus palmatorias. Las puertas de los retretes esta­ban rayadas y rotas, y una colgaba fuera de los goznes.
Hermione les pidió silencio con un dedo en los labios y se fue hasta el último retrete. Cuando llegó, dijo:
—Hola, Myrtle, ¿qué tal?
Harry y Ron se acercaron a ver. Myrtle la Llorona estaba sobre la cisterna del retrete, reventándose un grano de la barbilla.
—Esto es un aseo de chicas —dijo, mirando con recelo a Harry y Ron—. Y ellos no son chicas.
—No —confirmé Hermione—. Sólo quería enseñarles lo... lo bien que se está aquí.
Con la mano, indicó vagamente el espejo viejo y sucio, y el suelo húmedo.
—Pregúntale si vio algo —dijo Harry a Hermione, sin pronunciar, para que le leyera en los labios.
—¿Qué murmuras? —le preguntó Myrtle, mirándole.
—Nada —se apresuró a decir Harry—. Queríamos pre­guntar...
—¡Me gustaría que la gente dejara de hablar a mis es­paldas! —dijo Myrtle, con la voz ahogada por las lágri­mas—. Tengo sentimientos, ¿sabéis?, aunque esté muerta.
—Myrtle, nadie quiere molestarte —dijo Hermione—. Harry sólo...
—¡Nadie quiere molestarme! ¡Ésta sí que es buena! —gimió Myrtle—. ¡Mi vida en este lugar no fue más que mi­seria, y ahora la gente viene aquí a amargarme la muerte!
—Queríamos preguntarte si habías visto últimamente algo raro —dijo Hermione dándose prisa—. Porque la noche de Halloween agredieron a un gato justo al otro lado de tu puerta.
—¿Viste a alguien por aquí aquella noche? —le pregun­tó Harry.
—No me fijé —dijo Myrtle con afectación—. Me dolió tanto lo que dijo Peeves, que vine aquí e intenté suicidarme. Luego, claro, recordé que estoy..., que estoy...
—Muerta ya —dijo Ron, con la intención de ayudar. Myrtle sollozó trágicamente, se elevó en el aire, se vol­vió y se sumergió de cabeza en la taza del retrete, salpicándoles, y desapareció de la vista; a juzgar por la procedencia de sus sollozos ahogados, debía de estar en algún lugar del sifón.
Harry y Ron se quedaron con la boca abierta, pero Her­mione, que ya estaba harta, se encogió de hombros, y les dijo:
—Tratándose de Myrtle, esto es casi estar alegre. Bue­no, vámonos...
Harry acababa de cerrar la puerta a los sollozos gor­jeantes de Myrtle, cuando una potente voz les hizo dar un respingo a los tres.
—¡RON!
Percy Weasley, con su resplandeciente insignia de pre­fecto, se había detenido al final de las escaleras, con una ex­presión de susto en la cara.
—¡Esos son los aseos de las chicas! —gritó—. ¿Qué es­tás haciendo?
—Sólo echaba un vistazo —dijo Ron, encogiéndose de hombros—. Buscando pistas, ya sabes...
Percy parecía a punto de estallar. A Harry le recordó mucho a la señora Weasley.
—Marchaos... fuera... de aquí... —dijo, caminando hacia ellos con paso firme y agitando los brazos para echarlos—. ¿No os dais cuenta de lo que podría parecer, volver a este lu­gar mientras todos están cenando?
—¿Por qué no podemos estar aquí? —repuso Ron acalo­radamente, parándose de pronto y enfrentándose a Percy—. ¡Escucha, nosotros no le hemos tocado un pelo a ese gato!
—Eso es lo que dije a Ginny —dijo Percy con contun­dencia—, pero ella todavía cree que te van a expulsar. No la he visto nunca tan afectada, llorando amargamente. Podrías pensar un poco en ella, y además, todos los de primero están asustados.
—A ti no te preocupa Ginny —replicó Ron, enrojeciendo hasta las orejas—, a ti sólo te preocupa que yo eche a perder tus posibilidades de ser Representante del Colegio.
—¡Cinco puntos menos para Gryffindor! —dijo Percy secamente, llevándose una mano a su insignia de prefec­to—. ¡Y espero que esto te enseñe la lección! ¡Se acabó el ha­cer de detective, o de lo contrario escribiré a mamá!
Y se marchó con el paso firme y la nuca tan colorada como las orejas de Ron.

·   ·   ·

Aquella noche, en la sala común, Harry, Ron y Hermione es­cogieron los asientos más alejados del de Percy. Ron estaba todavía de muy mal humor y seguía emborronando sus de­beres de Encantamientos. Cuando, sin darse cuenta, cogió su varita mágica para quitar las manchas, el pergamino empezó a arder. Casi echando tanto humo como sus debe­res, Ron cerró de golpe El libro reglamentario de hechizos (clase 2). Para sorpresa de Harry, Hermione lo imitó.
—Pero ¿quién podría ser? —dijo con voz tranquila, como si continuara una conversación que hubieran estado manteniendo—. ¿Quién querría echar de Hogwarts a todos los squibs y los de familiamuggle?
—Pensemos —dijo Harry con simulado desconcierto—. ¿Conocemos a alguien que piense que los que vienen de fa­milia muggleson escoria?
Miró a Hermione. Hermione miró hacia atrás, poco con­vencida.
—Si te refieres a Malfoy...
—¡Naturalmente! —dijo Ron—. Ya lo oísteis: «¡Los pró­ximos seréis los sangre sucia!» Venga, no hay más que ver su asquerosa cara de rata para saber que es él...
—¿Malfoy, el heredero de Slytherin? —dijo escépticamente Hermione.
—Fíjate en su familia —dijo Harry, cerrando también sus libros—. Todos han pertenecido a Slytherin, él siempre alardea de ello. Podrían perfectamente ser descendientes del mismo Slytherin. Su padre es un verdadero malvado.
—¡Podrían haber conservado durante siglos la llave de la Cámara de los Secretos! —dijo Ron—. Pasándosela de pa­dres a hijos...
—Bueno —dijo cautamente Hermione—, supongo que puede ser.
—Pero ¿cómo podríamos demostrarlo? —preguntó Harry; en tono de misterio.
—Habría una manera —dijo Hermione hablando des­pacio, bajando aún más la voz y echando una fugaz mirada a Percy—. Por supuesto, sería difícil. Y peligroso, muy peli­groso. Calculo que quebrantaríamos unas cincuenta nor­mas del colegio.
—Si, dentro de un mes más o menos, te parece que po­drías empezar a explicárnoslo, háznoslo saber, ¿vale? —dijo Ron, airado.
—De acuerdo —repuso fríamente Hermione—. Lo que tendríamos que hacer es entrar en la sala común de Slythe­rin y hacerle a Malfoy algunas preguntas sin que sospeche que somos nosotros.
—Pero eso es imposible —dijo Harry, mientras Ron se reía.
—No, no lo es —repuso Hermione—. Lo único que nos haría falta es una pociónmultijugos.
—¿Qué es eso? —preguntaron a la vez Harry y Ron.
—Snape la mencionó en clase hace unas semanas.
—¿Piensas que no tenemos nada mejor que hacer en la clase de Pociones que escuchar a Snape? —dijo Ron.
—Esa poción lo transforma a uno en otra persona. ¡Pen­sad en ello! Nos podríamos convertir en tres estudiantes de Slytherin. Nadie nos reconocería. Y seguramente Malfoy nos diría algo. Lo más probable es que ahora mismo esté alardeando de ello en la sala común de Slytherin.
—Esto del multijugos me parece un poco peligroso —dijo Ron, frunciendo el entrecejo—. ¿Y si nos quedamos para siempre convertidos en tres de Slytherin?
—El efecto se pasa después de un rato —dijo Hermio­ne, haciendo un gesto con la mano como para descartar ese inconveniente—, pero lo realmente difícil será conseguir la receta. Snape dijo que se encontraba en un libro llamado Moste Potente Potions que se encuentra en la Sección Prohi­bida de la biblioteca.
Solamente había una manera de conseguir un libro de la Sección Prohibida: con el permiso por escrito de un profesor.
—Será difícil explicar para qué queremos ese libro si no es para hacer alguna de las pociones.
—Creo —dijo Hermione— que si consiguiéramos dar la impresión de que estábamos interesados únicamente en la teoría, tendríamos alguna posibilidad...
—No te fastidia... ningún profesor se va a tragar eso —dijo Ron—. Tendría que ser muy tonto...

Harry Potter y la cámara secreta ϟ Capitulo 8; El cumpleaños de muerte.

8
El cumpleaños de muerte.
Llegó octubre y un frío húmedo se extendió por los campos y penetró en el castillo. La señora Pomfrey, la enfermera, es­taba atareadísima debido a una repentina epidemia de ca­tarro entre profesores y alumnos. Su poción Pepperup tenía efectos instantáneos, aunque dejaba al que la tomaba echan­do humo por las orejas durante varias horas. Como Ginny Weasley tenía mal aspecto, Percy le insistió hasta que la pro­bó. El vapor que le salía de debajo del pelo producía la im­presión de que toda su cabeza estaba ardiendo.
Gotas de lluvia del tamaño de balas repicaron contra las ventanas del castillo durante días y días; el nivel del lago subió, los arriates de flores se transformaron en arroyos de agua sucia y las calabazas de Hagrid adquirieron el tamaño de cobertizos. El entusiasmo de Oliver Wood, sin embargo, no se enfrió, y por este motivo Harry, a última hora de una tor­mentosa tarde de sábado, cuando faltaban pocos días para Halloween, se encontraba volviendo a la torre de Gryffindor, calado hasta los huesos y salpicado de barro.
Aunque no hubiera habido ni lluvia ni viento, aquella se­sión de entrenamiento tampoco habría sido agradable. Fred y George, que espiaban al equipo de Slytherin, habían com­probado por sí mismos la velocidad de las nuevas Nimbus 2.001. Dijeron que lo único que podían describir del juego del equipo de Slytherin era que los jugadores cruzaban el aire como centellas y no se les veía de tan rápido como volaban.
Harry caminaba por el corredor desierto con los pies mo­jados, cuando se encontró a alguien que parecía tan preocu­pado como él. Nick Casi Decapitado, el fantasma de la torre de Gryffindor, miraba por una ventana, murmurando para sí: «No cumplo con las características... Un centímetro... Si eso...»
—Hola, Nick —dijo Harry.
—Hola, hola —respondió Nick Casi Decapitado, dando un respingo y mirando alrededor. Llevaba un sombrero de plumas muy elegante sobre su largo pelo ondulado, y una túnica con gorguera, que disimulaba el hecho de que su cue­llo estaba casi completamente seccionado. Tenía la piel páli­da como el humo, y a través de él Harry podía ver el cielo os­curo y la lluvia torrencial del exterior.
—Parecéis preocupado, joven Potter —dijo Nick, ple­gando una carta transparente mientras hablaba, y metién­dosela bajo el jubón.
—Igual que usted —dijo Harry.
—¡Bah! —Nick Casi Decapitado hizo un elegante ges­to con la mano—, un asunto sin importancia... No es que realmente tuviera interés en pertenecer... aunque lo solicitara, pero por lo visto «no cumplo con las caracterís­ticas». —A pesar de su tono displicente, tenía amargura en el rostro—. Pero cualquiera pensaría, cualquiera —estalló de repente, volviendo a sacar la carta del bolsillo—, que cuarenta y cinco hachazos en el cuello dados con un hacha mal afilada serían suficientes para permitirle a uno pertenecer al Club de Cazadores Sin Cabeza.
—Desde luego —dijo Harry, que se dio cuenta de que el otro esperaba que le diera la razón.
—Por supuesto, nadie tenía más interés que yo en que todo resultase limpio y rápido, y habría preferido que mi ca­beza se hubiera desprendido adecuadamente, quiero decir que eso me habría ahorrado mucho dolor y ridículo. Sin em­bargo... —Nick Casi Decapitado abrió la carta y leyó indig­nado:

Sólo nos es posible admitir cazadores cuya cabeza esté separada del correspondiente cuerpo. Compren­derá que, en caso contrario, a los miembros del club les resultaría imposible participar en actividades tales como los Juegos malabares de cabeza sobre el caballo o el Cabeza Polo. Lamentándolo profunda­mente, por tanto, es mi deber informarle de que us­ted no cumple con las características requeridas para pertenecer al club. Con mis mejores deseos,
Sir Patrick Delaney-Podmore

Indignado, Nick Casi Decapitado volvió a guardar la carta.
—¡Un centímetro de piel y tendón sostiene la cabeza, Harry! La mayoría de la gente pensaría que estoy bastante decapitado, pero no, eso no es suficiente para sir Bien Deca­pitado-Podmore.
Nick Casi Decapitado respiró varias veces y dijo des­pués, en un tono más tranquilo:
—Bueno, ¿y a vos qué os pasa? ¿Puedo ayudaros en algo?
—No —dijo Harry—. A menos que sepa dónde puedo conseguir siete escobas Nimbus 2.001 gratuitas para nues­tro partido contra Sly..
El resto de la frase de Harry no se pudo oír porque la ahogó un maullido estridente que llegó de algún lugar cer­cano a sus tobillos. Bajó la vista y se encontró un par de ojos amarillos que brillaban como luces. Era la Señora Norris, la gata gris y esquelética que el conserje, Argus Filch, utiliza­ba como una especie de segundo de a bordo en su guerra sin cuartel contra los estudiantes.
—Será mejor que os vayáis, Harry —dijo Nick apresu­radamente—. Filch no está de buen humor. Tiene gripe y unos de tercero, por accidente, pusieron perdido de cerebro de rana el techo de la mazmorra 5; se ha pasado la mañana limpiando, y si os ve manchando el suelo de barro...
—Bien —dijo Harry, alejándose de la mirada acusadora de la Señora Norris. Pero no se dio la prisa necesaria. Argus Filch penetró repentinamente por un tapiz que había a la derecha de Harry, llamado por la misteriosa conexión que parecía tener con su repugnante gata, a buscar como un loco y sin descanso a cualquier infractor de las normas. Llevaba al cuello una gruesa bufanda de tela escocesa, y su nariz es­taba de un color rojo que no era el habitual.
—¡Suciedad! —gritó, con la mandíbula temblando y los ojos salidos de las órbitas, al tiempo que señalaba el charco de agua sucia que había goteado de la túnica de quidditchde Harry—. ¡Suciedad y mugre por todas partes! ¡Hasta aquí podíamos llegar! ¡Sígueme, Potter!
Así que Harry hizo un gesto de despedida a Nick Casi Decapitado y siguió a Filch escaleras abajo, duplicando el número de huellas de barro.
Harry no había entrado nunca en la conserjería de Filch. Era un lugar que evitaban la mayoría de los estudian­tes, una habitación lóbrega y desprovista de ventanas, iluminada por una solitaria lámpara de aceite que colgaba del techo, y en la cual persistía un vago olor a pescado frito. En las paredes había archivadores de madera. Por las etique­tas, Harry imaginó que contenían detalles de cada uno de los alumnos que Filch había castigado en alguna ocasión. Fred y George Weasley tenían para ellos solos un cajón en­tero. Detrás de la mesa de Filch, en la pared, colgaba una co­lección de cadenas y esposas relucientes. Todos sabían que él siempre pedía a Dumbledore que le dejara colgar del te­cho por los tobillos a los alumnos.
Filch cogió una pluma de un bote que había en la mesa y empezó a revolver por allí buscando pergamino.
—Cuánta porquería —se quejaba, furioso—: mocos se­cos de lagarto silbador gigante..., cerebros de rana..., intes­tinos de ratón... Estoy harto... Hay que dar un escarmien­to... ¿Dónde está el formulario? Ajá...
Encontró un pergamino en el cajón de la mesa y lo ex­tendió ante sí, y a continuación mojó en el tintero su larga pluma negra.
—Nombre: Harry Potter. Delito: ...
—¡Sólo fue un poco de barro! —dijo Harry.
—Sólo es un poco de barro para ti, muchacho, ¡pero para mí es una hora extra fregando! —gritó Filch. Una gota tem­blaba en la punta de su protuberante nariz—.Delito: ensu­ciar el castillo. Castigo propuesto: ...
Secándose la nariz, Filch miró con desagrado a Harry, entornando los ojos. El muchacho aguardaba su sentencia conteniendo la respiración.
Pero cuando Filch bajó la pluma, se oyó un golpe tre­mendo en el techo de la conserjería, que hizo temblar la lámpara de aceite.
—¡PEEVES! —bramó Filch, tirando la pluma en un acce­so de ira—. ¡Esta vez te voy a pillar, esta vez te pillo!
Y, olvidándose de Harry, salió de la oficina corriendo con sus pies planos y con laSeñora Norris galopando a su lado.
Peeves era el poltergeist del colegio, burlón y volador, que sólo vivía para causar problemas y embrollos. A Harry, Peeves no le gustaba en absoluto, pero en aquella ocasión no pudo evitar sentirse agradecido. Era de esperar que lo que Peeves hubiera hecho (y, a juzgar por el ruido, esta vez debía de haberse cargado algo realmente grande) sería suficiente para que Filch se olvidase de Harry.
Pensando que tendría que aguardar a que Filch regre­sara, Harry se sentó en una silla apolillada que había junto a la mesa. Aparte del formulario a medio rellenar, sólo ha­bía otra cosa en la mesa: un sobre grande, rojo y brillante con unas palabras escritas con tinta plateada. Tras echar a la puerta una fugaz mirada para comprobar que Filch no volvía en aquel momento, Harry cogió el sobre y leyó:

«EMBRUJORRÁPID»
Curso de magia por correspondencia
para principiantes

Intrigado, Harry abrió el sobre y sacó el fajo de perga­minos que contenía. En la primera página, la misma escri­tura color de plata con florituras decía:

¿Se siente perdido en el mundo de la magia moder­na? ¿Busca usted excusas para no llevar a cabo sen­cillos conjuros? ¿Ha provocado alguna vez la hilaridad de sus amistades por su torpeza con la varita mágica?
¡Aquí tiene la solución!
«Embrujorrápid» es un curso completamente nue­vo, infalible, de rápidos resultados y fácil de estu­diar. ¡Cientos de brujas y magos se han beneficiado ya del método «Embrujorrápid»!

La señora Z. Nettles, de Topsham, nos ha escrito lo siguiente:
«¡Me había olvidado de todos los conjuros, y mi familia se reía de mis pociones! ¡Ahora, gracias al curso “Embrujorrápid”, soy el centro de atención en las reuniones, y mis amigos me ruegan que les dé la receta de mi Solución Chispeante!»

El brujo D.J Prod, de Didsbury escribe
«Mi mujer decía que mis encantamientos eran una chapuza, pero después de seguir durante un mes su fabuloso curso Embrujorrápid, ¡la he convertido en una    vaca!,Gracias Embrujorrápid,»

Extrañado, Harry hojeó el resto del contenido del sobre. ¿Para qué demonios quería Filch un curso de Embrujorrá­pid? ¿Quería esto decir que no era un mago de verdad? Harry leía «Lección primera: Cómo sostener la varita. Consejos útiles», cuando un ruido de pasos arrastrados le indicó que Filch regresaba. Metiendo los pergaminos en el sobre, lo vol­vió a dejar en la mesa y en aquel preciso momento se abrió la puerta.
Filch parecía triunfante.
—¡Ese armario evanescente era muy valioso! —decía con satisfacción a la Señora Norris—. Esta vez Peeves es nuestro, querida.
Sus ojos tropezaron con Harry y luego se dirigieron como una bala al sobre deEmbrujorrápid que, como Harry comprendió demasiado tarde, estaba a medio metro de dis­tancia de donde se encontraba antes.
La cara pálida de Filch se puso de un rojo subido. Harry se preparó para acometer un maremoto de furia. Filch se acercó a la mesa cojeando, cogió el sobre y lo metió en un cajón.
—¿Has... lo has leído? —farfulló.
—No —se apresuró a mentir.
Filch se retorcía las manos nudosas.
—Si has leído mi correspondencia privada..., bueno, no es mía..., es para un amigo..., es que claro..., bueno pues...
Harry lo miraba alarmado; nunca había visto a Filch tan alterado. Los ojos se le salían de las órbitas y en una de sus hinchadas mejillas había aparecido un tic que la bufan­da de tejido escocés no lograba ocultar.
—Muy bien, vete... y no digas una palabra... No es que..., sin embargo, si no lo has leído... Vete, tengo que escri­bir el informe sobre Peeves... Vete...
Asombrado de su buena suerte, Harry salió de la con­serjería a toda prisa, subió por el corredor y volvió a las es­caleras. Salir de la conserjería de Filch sin haber recibido ningún castigo era seguramente un récord.
—¡Harry! ¡Harry! ¿Funcionó?
Nick Casi Decapitado salió de un aula deslizándose. Tras él, Harry podía ver los restos de un armario grande, de color negro y dorado, que parecía haber caído de una gran altura.
—Convencí a Peeves para que lo estrellara justo enci­ma de la conserjería de Filch —dijo Nick emocionado—; pensé que eso le podría distraer.
—¿Ha sido usted? —dijo Harry, agradecido—. Claro que funcionó, ni siquiera me van a castigar. ¡Gracias, Nick!
Se fueron andando juntos por el corredor. Nick Casi De­capitado, según notó Harry, sostenía aún la carta con la ne­gativa de sir Patrick.
—Me gustaría poder hacer algo para ayudarle en el asunto del club —dijo Harry.
Nick Casi Decapitado se detuvo sobre sus huellas, y Harry pasó a través de él. Lamentó haberlo hecho; fue como pasar por debajo de una ducha de agua fría.
—Pero hay algo que podríais hacer por mí —dijo Nick emocionado—. Harry, ¿sería mucho pedir...? No, no vais a querer...
—¿Qué es? —preguntó Harry.
—Bueno, el próximo día de Todos los Santos se cumplen quinientos años de mi muerte —dijo Nick Casi Decapitado, irguiéndose y poniendo aspecto de importancia.
—¡Ah! —exclamó Harry, no muy seguro de si tenía que alegrarse o entristecerse—. ¡Bueno!
—Voy a dar una fiesta en una de las mazmorras mas amplias. Vendrán amigos míos de todas partes del país. Para mí sería un gran honor que vos pudierais asistir. Natu­ralmente, el señor Weasley y la señorita Granger también están invitados. Pero me imagino que preferiréis ir a la fies­ta del colegio. —Miró a Harry con inquietud.
—No —dijo Harry enseguida—, iré...
—¡Mi estimado muchacho! ¡Harry Potter en mi cum­pleaños de muerte! Y..          —dudó, emocionado—. ¿Tal vez po­dríais mencionarle a sir Patrick lo horrible y espantoso que os resulto?
—Por supuesto —contestó Harry.
Nick Casi Decapitado le dirigió una sonrisa.

·   ·   ·

—¿Un cumpleaños de muerte? —dijo Hermione entusias­mada, cuando Harry se hubo cambiado de ropa y reunido con ella y Ron en la sala común—. Estoy segura de que hay muy poca gente que pueda presumir de haber estado en una fiesta como ésta. ¡Será fascinante!
—¿Para qué quiere uno celebrar el día en que ha muer­to? —dijo Ron, que iba por la mitad de su deberes de Pociones y estaba de mal humor—. Me suena a aburrimiento mortal.
La lluvia seguía azotando las ventanas, que se veían os­curas, aunque dentro todo parecía brillante y alegre. La luz de la chimenea iluminaba las mullidas butacas en que los es­tudiantes se sentaban a leer, a hablar, a hacer los deberes o, en el caso de Fred y George Weasley, a intentar averiguar qué es lo que sucede si se le da de comer a una salamandra una bengala del doctor Filibuster. Fred había «rescatado» aquel lagarto de color naranja, espíritu del fuego, de una cla­se de Cuidado de Criaturas Mágicas y ahora ardía lentamen­te sobre una mesa, rodeado de un corro de curiosos.
Harry estaba a punto de comentar a Ron y Hermione el caso de Filch y el cursoEmbrujorrápid, cuando de pronto la salamandra pasó por el aire zumbando, arrojando chispas y produciendo estallidos mientras daba vueltas por la sala. La imagen de Percy riñendo a Fred y George hasta enronquecer, la espectacular exhibición de chispas de color naranja que salían de la boca de la salamandra, y su caída en el fuego, con acompañamiento de explosiones, hicieron que Harry olvida­ra por completo a Filch y el curso Embrujorrápid.


Cuando llegó Halloween, Harry ya estaba arrepentido de ha­berse comprometido a ir a la fiesta de cumpleaños de muerte. El resto del colegio estaba preparando la fiesta de Hallo­ween; habían decorado el Gran Comedor con los murciélagos vivos de costumbre; las enormes calabazas de Hagrid habían sido convertidas en lámparas tan grandes que tres hombres habrían podido sentarse dentro, y corrían rumores de que Dumbledore había contratado una compañía de esqueletos bailarines para el espectáculo.
—Lo prometido es deuda —recordó Hermione a Harry en tono autoritario—. Y tú le prometiste ir a su fiesta de cumpleaños de muerte.
Así que a las siete en punto, Harry, Ron y Hermione atravesaron el Gran Comedor, que estaba lleno a rebosar y donde brillaban tentadoramente los platos dorados y las velas, y dirigieron sus pasos hacia las mazmorras.
También estaba iluminado con hileras de velas el pasa­dizo que conducía a la fiesta de Nick Casi Decapitado, aun­que el efecto que producían no era alegre en absoluto, porque eran velas largas y delgadas, de color negro azabache, con una llama azul brillante que arrojaba una luz oscura y fan­tasmal incluso al iluminar las caras de los vivos. La tempe­ratura descendía a cada paso que daban. Al tiempo que se ajustaba la túnica, Harry oyó un sonido como si mil uñas arañasen una pizarra.
—¿A esto le llaman música? —se quejó Ron. Al doblar una esquina del pasadizo, encontraron a Nick Casi Decapita­do ante una puerta con colgaduras negras.
—Queridos amigos —dijo con profunda tristeza—, bien­venidos, bienvenidos... Os agradezco que hayáis venido...
Hizo una floritura con su sombrero de plumas y una re­verencia señalando hacia el interior.
Lo que vieron les pareció increíble. La mazmorra estaba llena de cientos de personas transparentes, de color blanco perla. La mayoría se movían sin ánimo por una sala de baile abarrotada, bailando el vals al horrible y trémulo son de las treinta sierras de una orquesta instalada sobre un escenario vestido de tela negra. Del techo colgaba una lámpara que daba una luz azul medianoche. Al respirar les salía humo de la boca; aquello era como estar en un frigorífico.
—¿Damos una vuelta? —propuso Harry, con la inten­ción de calentarse los pies.
—Cuidado no vayas a atravesar a nadie —advirtió Ron, algo nervioso, mientras empezaban a bordear la sala de bai­le. Pasaron por delante de un grupo de monjas fúnebres, de una figura harapienta que arrastraba cadenas y del Fraile Gordo, un alegre fantasma de Hufflepuff que hablaba con un caballero que tenía clavada una flecha en la frente. Harry no se sorprendió de que los demás fantasmas evitaran al Barón Sanguinario, un fantasma de Slytherin, adusto, de mirada impertinente y que exhibía manchas de sangre plateadas.
—Oh, no —dijo Hermione, parándose de repente—. Vol­vamos, volvamos, no quiero hablar con Myrtle la Llorona.
—¿Con quién? —le preguntó Harry, retrocediendo rápi­damente.
—Ronda siempre los lavabos de chicas del segundo piso —dijo Hermione.
—¿Los lavabos?
—Sí. No los hemos podido utilizar en todo el curso por­que siempre le dan tales llantinas que lo deja todo inunda­do. De todas maneras, nunca entro en ellos si puedo evitar­lo, es horroroso ir al servicio mientras la oyes llorar.
—¡Mira, comida! —dijo Ron.
Al otro lado de la mazmorra había una mesa larga, cu­bierta también con terciopelo negro. Se acercaron con entu­siasmo, pero ante la mesa se quedaron inmóviles, horroriza­dos. El olor era muy desagradable. En unas preciosas fuentes de plata había unos pescados grandes y podridos; los paste­les, completamente quemados, se amontonaban en las ban­dejas; había un pastel de vísceras con gusanos, un queso cubierto de un esponjoso moho verde y, como plato estrella de la fiesta, un gran pastel gris en forma de lápida funeraria, deco­rado con unas letras que parecían de alquitrán y que compo­nían las palabras:

Sir Nicholas de Mimsy-Porpington,
fallecido el 31 de octubre de 1492.

Harry contempló, asombrado, que un fantasma corpu­lento se acercaba y, avanzando en cuclillas para ponerse a la altura de la comida, atravesaba la mesa con la boca abierta para ensartar por ella un salmón hediondo.
—¿Le encuentras el sabor de esa manera? —le pregun­tó Harry.
—Casi —contestó con tristeza el fantasma, y se alejó sin rumbo.
—Supongo que lo habrán dejado pudrirse para que ten­ga más sabor —dijo Hermione con aire de entendida, tapán­dose la nariz e inclinándose para ver más de cerca el pastel de vísceras podrido.
—Vámonos, me dan náuseas —dijo Ron.
Pero apenas se habían dado la vuelta cuando un hom­brecito surgió de repente de debajo de la mesa y se detuvo frente a ellos, suspendido en el aire.
—Hola, Peeves —dijo Harry, con precaución.
A diferencia de los fantasmas que había alrededor, Peeves el poltergeist no era ni gris ni transparente. Llevaba som­brero de fiesta de color naranja brillante, pajarita giratoria y exhibía una gran sonrisa en su cara ancha y malvada.
—¿Picáis? —invitó amablemente, ofreciéndoles un cuen­co de cacahuetes recubiertos de moho.
—No, gracias —dijo Hermione.
—Os he oído hablar de la pobre Myrtle —dijo Peeves, moviendo los ojos—. No has sido muy amable con la pobre Myrtle. —Tomó aliento y gritó—: ¡EH! ¡MYRTLE!
—No, Peeves, no le digas lo que he dicho, le afectará mu­cho —susurró Hermione, desesperada—. No quise decir eso, no me importa que ella... Eh, hola, Myrtle.
Hasta ellos se había deslizado el fantasma de una chica rechoncha. Tenía la cara más triste que Harry hubiera visto nunca, medio oculta por un pelo lacio y basto y unas gruesas gafas de concha.
—¿Qué? —preguntó enfurruñada.
—¿Cómo estás, Myrtle? —dijo Hermione, fingiendo un tono animado—. Me alegro de verte fuera de los lavabos.
Myrtle sollozó.
—Ahora mismo la señorita Granger estaba hablando de ti —dijo Peeves a Myrtle al oído, maliciosamente.
—Sólo comentábamos..., comentábamos... lo guapa que estás esta noche —dijo Hermione, mirando a Peeves.
Myrtle dirigió a Hermione una mirada recelosa.
—Te estás burlando de mí —dijo, y unas lágrimas pla­teadas asomaron inmediatamente a sus ojos pequeños, de­trás de las gafas.
—No, lo digo en serio... ¿Verdad que estaba comentan­do lo guapa que está Myrtle esta noche? —dijo Hermione, dándoles fuertemente a Harry y Ron con los codos en las costillas.
—Sí, sí.
—Claro.
—No me mintáis —dijo Myrtle entre sollozos, con las lá­grimas cayéndole por la cara, mientras Peeves, que estaba encima de su hombro, se reía entre dientes—. ¿Creéis que no sé cómo me llama la gente a mis espaldas? ¡Myrtle la gorda! ¡Myrtle la fea! ¡Myrtle la desgraciada, la llorona, la triste!
—Se te ha olvidado «la granos» —dijo Peeves al oído.
Myrtle la Llorona estalló en sollozos angustiados y sa­lió de la mazmorra corriendo. Peeves corrió detrás de ella, tirándole cacahuetes mohosos y gritándole: «¡La granos! ¡La granos!»
—¡Dios mío! —dijo Hermione con tristeza.
Nick Casi Decapitado iba hacia ellos entre la multitud.
—¿Os lo estáis pasando bien?
—¡Sí! —mintieron.
—Ha venido bastante gente —dijo con orgullo Nick Casi Decapitado—. Mi Desconsolada Viuda ha venido de Kent. Bueno, ya es casi la hora de mi discurso, así que voy a avisar a la orquesta.
La orquesta, sin embargo, dejó de tocar en aquel mismo instante. Se había oído un cuerno de caza y todos los que es­taban en la mazmorra quedaron en silencio, a la expectativa.
—Ya estamos —dijo Nick Casi Decapitado con cierta amargura.
A través de uno de los muros de la mazmorra penetra­ron una docena de caballos fantasma, montados por sendos jinetes sin cabeza. Los asistentes aplaudieron con fuerza; Harry también empezó a aplaudir, pero se detuvo al ver la cara fúnebre de Nick.
Los caballos galoparon hasta el centro de la sala de baile y se detuvieron encabritándose; un fantasma grande que iba delante, y que llevaba bajo el brazo su cabeza barbada y so­plaba el cuerno, descabalgó de un brinco, levantó la cabeza en el aire para poder mirar por encima de la multitud, con lo que todos se rieron, y se acercó con paso decidido a Nick Casi Decapitado, ajustándose la cabeza en el cuello.
—¡Nick! —dijo con voz ronca—, ¿cómo estás? ¿Todavía te cuelga la cabeza?
Rompió en una sonora carcajada y dio a Nick Casi De­capitado unas palmadas en el hombro.
—Bienvenido, Patrick —dijo Nick con frialdad.
—¡Vivos! —dijo sir Patrick, al ver a Harry, Ron y Her­mione. Dio un salto tremendo pero fingido de sorpresa y la cabeza volvió a caérsele.
La gente se rió otra vez.
—Muy divertido —dijo Nick Casi Decapitado con voz apagada.
—¡No os preocupéis por Nick! —gritó desde el suelo la cabeza de sir Patrick—. ¡Aunque se enfade, no le dejaremos entrar en el club! Pero quiero decir..., mirad el amigo...
—Creo —dijo Harry a toda prisa, en respuesta a una mirada elocuente de Nick— que Nick es terrorífico y esto..., mmm...
—¡Ja! —gritó la cabeza de sir Patrick—, apuesto a que Nick te pidió que dijeras eso.
—¡Si me conceden su atención, ha llegado el momento de mi discurso! —dijo en voz alta Nick Casi Decapitado, ca­minando hacia el estrado con paso decidido y colocándose bajo un foco de luz de un azul glacial.
»Mis difuntos y afligidos señores y señoras, es para mí una gran tristeza...
Pero nadie le prestaba atención. Sir Patrick y el resto del Club de Cazadores Sin Cabeza acababan de comenzar un juego de Cabeza Hockey y la gente se agolpaba para mirar. Nick Casi Decapitado trató en vano de recuperar la atención, pero desistió cuando la cabeza de sir Patrick le pasó al lado entre vítores.
Harry sentía mucho frío, y no digamos hambre.
—No aguanto más —dijo Ron, con los dientes castañe­teando, cuando la orquesta volvió a tocar y los fantasmas volvieron al baile.
—Vámonos —dijo Harry.
Fueron hacia la puerta, sonriendo e inclinando la cabe­za a todo el que los miraba, y un minuto más tarde subían a toda prisa por el pasadizo lleno de velas negras.
Quizás aún quede pudín —dijo Ron con esperanza, abriendo el camino hacia la escalera del vestíbulo.
Y entonces Harry lo oyó.
—...         Desgarrar... Despedazar... Matar...
Fue la misma voz, la misma voz fría, asesina, que había oído en el despacho de Lockhart.
Trastabilló al detenerse, y tuvo que sujetarse al muro de piedra. Escuchó lo más atentamente que pudo, al tiempo que miraba con los ojos entornados a ambos lados del pasa­dizo pobremente iluminado.
—Harry, ¿qué...?
—Es de nuevo esa voz... Callad un momento...
—... deseado... durante tanto tiempo...
—¡Escuchad! —dijo Harry, y Ron y Hermione se queda­ron inmóviles, mirándole.
—... matar... Es la hora de matar...
La voz se fue apagando. Harry estaba seguro de que se alejaba... hacia arriba. Al mirar al oscuro techo, se apoderó de él una mezcla de miedo y emoción. ¿Cómo podía irse ha­cia arriba? ¿Se trataba de un fantasma, para quien no era obstáculo un techo de piedra?
—¡Por aquí! —gritó, y se puso a correr escaleras arriba hasta el vestíbulo. Allí era imposible oír nada, debido al ruido de la fiesta de Halloween que tenía lugar en el Gran Come­dor. Harry apretó el paso para alcanzar rápidamente el primer piso. Ron y Hermione lo seguían.
—Harry, ¿qué estamos...?
—¡Chssst!
Harry aguzó el oído. En la distancia, proveniente del piso superior, y cada vez más débil, oyó de nuevo la voz:... huelo sangre... ¡HUELO SANGRE!
El corazón le dio un vuelco.
—¡Va a matar a alguien! —gritó, y sin hacer caso de las caras desconcertadas de Ron y Hermione, subió el siguiente tramo saltando los escalones de tres en tres, intentando oír a pesar del ruido de sus propios pasos.
Harry recorrió a toda velocidad el segundo piso, y Ron y Hermione lo seguían jadeando. No pararon hasta que dobla­ron la esquina del último corredor, también desierto.
—Harry, ¿qué pasaba? —le preguntó Ron, secándose el sudor de la cara. Yo no oí nada...
Pero Hermione dio de repente un grito ahogado, y seña­ló al corredor.
—¡Mirad!
Delante de ellos, algo brillaba en el muro. Se aproxima­ron, despacio, intentando ver en la oscuridad con los ojos en­tornados. En el espacio entre dos ventanas, brillando a la luz que arrojaban las antorchas, había en el muro unas pa­labras pintadas de más de un palmo de altura.

LA CAMARA DE LOS SECRETOS HA SIDO ABIERTA.
TEMED, ENEMIGOS DEL HEREDERO.

—¿Qué es lo que cuelga ahí debajo? —preguntó Ron, con un leve temblor en la voz.
Al acercarse más, Harry casi resbala por un gran char­co de agua que había en el suelo. Ron y Hermione lo sostu­vieron, y juntos se acercaron despacio a la inscripción, con los ojos fijos en la sombra negra que se veía debajo. Los tres comprendieron a la vez lo que era, y dieron un brinco hacia atrás.
La Señora Norris, la gata del conserje, estaba colgada por la cola en una argolla de las que se usaban para sujetar antorchas. Estaba rígida como una tabla, con los ojos abier­tos y fijos.
Durante unos segundos, no se movieron. Luego dijo Ron:
—Vámonos de aquí.
—No deberíamos intentar... —comenzó a decir Harry, sin encontrar las palabras.
—Hacedme caso —dijo Ron—; mejor que no nos encuen­tren aquí.
Pero era demasiado tarde. Un ruido, como un trueno distante, indicó que la fiesta acababa de terminar. De cada extremo del corredor en que se encontraban, llegaba el soni­do de cientos de pies que subían las escaleras y la charla so­nora y alegre de gente que había comido bien. Un momento después, los estudiantes irrumpían en el corredor por am­bos lados.
La charla, el bullicio y el ruido se apagaron de repente cuando vieron la gata colgada. Harry, Ron y Hermione esta­ban solos, en medio del corredor, cuando se hizo el silencio entre la masa de estudiantes, que presionaban hacia delan­te para ver el truculento espectáculo.
Luego, alguien gritó en medio del silencio:
—¡Temed, enemigos del heredero! ¡Los próximos seréis los sangre sucia!
Era Draco Malfoy, que había avanzado hasta la primera fila. Tenía una expresión alegre en los ojos, y la cara, habi­tualmente pálida, se le enrojeció al sonreír ante el espec­táculo de la gata que colgaba inmóvil.